Carácter Proventivo y pedagógico de la Convivencia y la Restauración

"Una pedagogía de las relaciones con carácter Proventivo transforma la manera en que generamos y resolvemos los vínculos humanos, desplazando las respuestas individualistas, retributivas y punitivas hacia prácticas de composición relacional sustentadas en el respeto, la expresión de valores universales y la empatía entendida como humanidad compartida."

En el campo de las prácticas restaurativas se habla con frecuencia de tres formas de atención: la proactiva, acciones para actuar acertadamente ante posibles conflictos propensos a resolverse con violencia; la preventiva, que trabaja limitando el uso de violencias en la resolución de conflictos ya presentes; y la reactiva, que intervienen en situaciones donde el daño o la transgresión ha sucedido. Sin embargo, en los últimos años, en los procesos de reflexión y acompañamiento pedagógico que he compartido con equipos de educación y facilitación restaurativa, hemos propuesto una idea que amplía ese marco: la dimensión Proventiva de las relaciones. No se trata solo de prevenir o reparar, sino de proveer condiciones para que la buena convivencia sea posible, cultivable y sostenible.

“No se trata solo de prevenir o reparar, sino de proveer condiciones
para que la buena convivencia sea posible.”

El término proventivo, propuesto por John Burton y desarrollado en la educación para la paz por Paco Cascón, abre un horizonte sugerente. Burton lo usó para describir el modo de actuar que transforma las condiciones que generan conflicto, antes de que este se exprese destructivamente. Cascón, desde la educación, lo resignifica: ser proventivo es provocar la paz, anticiparla, sembrarla, no esperar la paz para después de episodios de violencia: daños transgresiones. En el terreno de la convivencia y la facilitación, esta noción puede comprenderse como una “Pedagogía de las relaciones”, una manera de pensar y actuar que no se limita a gestionar conflictos, sino que educa los modos en que las personas y las comunidades aprenden a estar juntas.

Como ya hemos sido testigos, la convivencia no se sostiene por decreto ni por control; se construye en la relación, y la relación requiere enseñanza. Una pedagogía de las relaciones entiende que la educación para convivir no se reduce a la regulación del comportamiento por miedo del miedo y el castigo, sino que implica un acompañamiento y enseñanzas continuas y progresivas, según las etapas y situaciones de vida, del modo en que nos tratamos. No se enseña a convivir dictando reglas, sino compartiendo experiencias, expresando e interrogando las formas de relación que mantenemos y ofreciendo oportunidades para transformarlas. Esta pedagogía es, en esencia, proventiva: en lugar de esperar a que surja las respuestas violentas y el daño, crea las condiciones para que las relaciones sean fuentes de bienestar, justicia y aprendizaje mutuo. Que sucedan las relaciones anheladas, deseadas por la comunidad o grupo.

“La convivencia no se aprende dictando reglas, sino compartiendo
experiencias y ofreciendo oportunidades para transformarlas.”

Hablar de un carácter proventivo de la convivencia significa reconocer que no basta con prevenir los conflictos ni atender sus consecuencias. Hay que transformar las estructuras de relación que los alimentan: las creencias, hábitos, silencios y omisiones que sostienen modos punitivos y retributivos de resolver las tensiones. La pedagogía, entendida así, no es un complemento del sistema escolar, sino su corazón: el arte de proveer entornos, recursos y relaciones donde tanto el bienestar y la vida personal como grupal florece, donde las capacidades personales, relacionales y sociales encuentran espacio para desarrollarse.

La convivencia se vuelve proventiva cuando el sistema deja de girar en torno al castigo o la corrección y comienza a aprender de sí mismo. Es decir, cuando cada situación difícil es leída como una oportunidad de transformación, cuando cada tensión convoca a revisar no solo el acto que la originó, sino las condiciones que la hicieron posible. En este sentido, la pedagogía de las relaciones es una pedagogía de la posibilidad, no del control. Provee medios y entornos que permiten a las personas aprender a proceder mejor, no a temer equivocarse o a no relacionarse para evitar la afectación.

En los entornos donde el relacionamiento es intenso como las escuelas, las familias, los equipos de trabajo, los grupos comunitarios, los sistemas encargados de la convivencia suelen estar absorbidos por la urgencia de resolver casos, apagar incendios y redactar informes. Son sistemas de respuesta más que de creación y creatividad pedagógica relacional. Se ocupan en resolver conflictos, no en enseñar a relacionarse bien. Y es precisamente en esos espacios donde la pedagogía proventiva adquiere su mayor sentido: volver a poner en el centro las preguntas esenciales que el conflicto nos obliga a formular.

  • ¿Qué hace que nos relacionemos bien?
  • ¿Qué destruye o debilita nuestras relaciones?
  • ¿Cómo se aprende a cuidar el la valía personal y el buen relacionamiento incluso cuando están afectados?

Desde una mirada pedagógica, convivir no es evitar el conflicto, sino aprender a sostenerlo sin destruirnos. Necesitamos aprender a vivir entre las diferencias y también frente a los desacuerdos, sin que estos se conviertan en focos de enemistad. Una pedagogía de las relaciones no busca eliminar los conflictos, sino cultivar prácticas que nos permitan sostener el buen relacionamiento desde el respeto y la empatía, incluso en medio de las divergencias y las afectaciones no deseadas, para seguir encontrándonos sin destruirnos.

La dimensión proventiva de esta pedagogía se expresa en la capacidad de una comunidad para aprender de sí misma. No se trata de formar expertos en resolución de conflictos, sino de promover una cultura relacional donde todas las personas —docentes, estudiantes, familias, directivos— puedan desarrollar comprensión profunda sobre su modo de estar en relación y responsabilidad sobre el efecto que generan en los otros. La convivencia proventiva no delega la paz en protocolos, sino que la incorpora como práctica y sistema cotidiano: interacción, conversación, declaración, escucha, participación, responsabilidad, reconocimiento, reparación y transformación de las conductas que no deseamos.

Burton advertía que los conflictos persistentes no se resuelven solo mediante acuerdos, sino transformando las instituciones y sus prácticas que le generan y los sostienen. En la escuela, esa institución es la cultura del mal trato, la regulación del trato competitivo, individualista, dicotómico, hegemónico, entre otros. El reto no es disciplinar, sino educar para construir y cuidar los modos de estar con otros. Requerimos pasar de los comités de convivencia a las comunidades de convivencia que enseñan y que aprenden; de los castigos a las conversaciones significativas; de los reportes o señalamientos a los procesos formativos. Esta transición demanda valentía institucional: atrevernos a reconocer que la mayor parte de los conflictos que atendemos son síntomas de una relación deteriorada, de prácticas relacionales deshumanizantes enquistadas en los grupos, no de estudiantes o familias problemáticas.

“El reto no es disciplinar, sino educar para construir y cuidar los modos de estar con otros.”

Una pedagogía de las relaciones proventiva exige tiempo, reflexión y el aprendizaje de una ética del cuidado mutuo. Exige también resistir las formas populares de gestionar la convivencia —inquisitoriales, adversariales, acusatorias— que dividen a las comunidades entre culpables y víctimas, entre los buenos y los malos. Toda escuela que quiera construir convivencia restaurativa debe sobrevivir a su propio sistema punitivo. No porque carezca de sanciones, sino porque deja de fundamentarlas en la culpa y funda las consecuencias en la responsabilidad compartida y diferenciada entre los miembros, lo que exige que todos se involucren en declarar y favorecer los cambios, en atender tanto las necesidades que deja el bajo relacionamiento, como las necesidades prexistentes que generaron transgresión o daños.

El carácter proventivo de la convivencia no se sostiene en el discurso, sino en prácticas concretas que enseñan el cambio: círculos de palabra, declaraciones afectivas, revisión de acuerdos, rituales de reconocimiento, espacios de conversación sobre el trato. Son prácticas que, más que atender solo el daño, reafirman la valía humana y la capacidad de sostener interacciones como valor pedagógico. Cuando un grupo se acostumbra a hablar de su relación antes de que algo se rompa, está aprendiendo a cuidarse. Esa es la lección más profunda de la pedagogía de las relaciones: la convivencia se aprende practicándola.

El sentido proventivo de esta pedagogía se hace visible cuando se sustituye la lógica del “evitar el conflicto” por la del “proveer entendimiento”. La sola prevención en la convivencia actúa desde el miedo al daño; la provención relacional, desde la esperanza del encuentro. Prevenir busca reducir riesgos; provención fortalece la autoestima y el buen relacionamiento. Prevenir intenta controlar; provención enseña a cómo cuidarnos juntos. En este cambio de paradigma, la escuela deja de ser un espacio donde se controla el comportamiento y se convierte en un laboratorio de relaciones humanas: un lugar donde se experimenta cómo vivir con justicia, valores, respeto y empatía compartida.

Lo proventivo nos invita a reemplazar el temor al conflicto por la confianza en la fuerza educativa del encuentro.”

Toda pedagogía restaurativa parte de una comprensión simple y profunda: las personas no aprenden a convivir por prohibición, sino por relación. Lo proventivo, en consecuencia, es una práctica de anticipación y activación ética. No espera el error para enseñar; enseña antes de que el error aparezca. Su apuesta es que la convivencia no sea un conjunto de respuestas ante lo que no funciona, sino un tejido que se fortalece a diario mediante el reconocimiento, la escucha y la responsabilidad compartida.

Una comunidad educativa o social con carácter proventivo no elimina los conflictos, pero los reinterpreta, los resignifica. Los asume como síntomas de necesidades no satisfechas, como oportunidades de aprendizaje, como materia viva para el desarrollo humano. El conflicto deja de ser un fracaso de la convivencia para convertirse en un campo pedagógico: un territorio donde se aprende a mirar el mundo desde los ojos del otro, a responsabilizarse sin humillar, a reparar sin anular, a declarar o expresar sin dañar, sino más bien con el ánimo de entender y mejorar la relación.

Burton recordaba que los conflictos surgen cuando las necesidades humanas básicas —identidad, reconocimiento, participación— no encuentran expresión legítima en el sistema. Por eso, el trabajo proventivo implica transformar los espacios donde esas necesidades se experimentan: el aula, el hogar, la oficina, el comité, la calle. Cada encuentro, reunión, agrupación o espacios de convivencia puede ser una microestructura de paz o fábrica de resentimientos. La diferencia depende de si cultivamos relaciones que nos dignifiquen o que contribuyan con relaciones que compitan y excluyen.

En la facilitación restaurativa reactiva, el carácter proventivo adquiere un alcance transformativo sobre la conducta y la vida misma personal y grupal. Quienes participan en procesos restaurativos —ya sea en condición de víctima, ofensor o comunidad— no solo requieren acompañamiento para responder a las necesidades surgidas, lo cual se expresa en actos y productos de reparación, sino que también necesitan que la facilitación provea nuevas perspectivas, condiciones, entornos, habilidades, actitudes y valores relacionales.

El fin proventivo en los procesos de acompañamiento restaurativo actúa sobre las condiciones preexistentes que originaron el bajo relacionamiento, desplazando las respuestas individualistas, retributivas y punitivas instaladas en las personas y grupos relacionales, hacia prácticas de composición relacional sustentadas en el respeto, la expresión de valores universales y la empatía entendida como humanidad compartida.

La provención en la restauración transforma las conductas y fortalece las garantías de no repetición. En la práctica, esta mirada puede traducirse en cinco acciones fundamentales:

  1. Abrir la conversación crítica y autocrítica sobre el estado de la relación grupal e institucional.
  2. Reconocer las dinámicas que no deseamos reproducir.
  3. Imaginar con otros las relaciones que anhelamos.
  4. Brindar entornos y practicar modos de encuentro coherentes con esos deseos.
  5. Consolidar sistemas de convivencia que enseñen, declaren y reparen, en lugar de castigar.
  6. Estas acciones, más que estrategias, son aprendizajes progresivos que dan forma a una pedagogía relacional.

Desde estas perspectiva, hoy resulta más importante integrar y acompañar a personas, instituciones y comunidades desde una pedagogía relacional, que invite a los implicados a aprender, revisar, recordar, ejercer la autocrítica, transformar y agenciar las conductas deseadas, antes que pretender operar desde una cultura relacional implícita, prescriptiva, impositiva, inconsciente, naturalizada y meramente reproductiva.

Pensar la convivencia y la restauración desde una pedagogía de las relaciones con carácter proventivo es reconocer que el buen relacionamiento no se decreta ni se impone: se enseña y se aprende. No se trata de añadir otra estrategia al repertorio comunitario, institucional o escolar de la convivencia o la restauración, sino de reorientar la mirada. En lugar de reaccionar ante los conflictos, ofrecer caminos para que las relaciones sean fértiles; en lugar de solo prevenir la violencia, también proveer humanidad; en lugar de reprimir, acompañar y enseñar.

Esta pedagogía no es una técnica ni un protocolo: es una forma de estar en el mundo. Propone que el aprendizaje más profundo de la convivencia no es evitar el conflicto, sino transformar la manera en que nos encontramos tras él. Nos invita a reconocer que cada relación humana es un espacio de poder y humanidad compartido, de cuidado recíproco y de construcción de sentido. Cuando una comunidad aprende a cuidar sus relaciones con la misma dedicación con que enseña y aprende sus materias o cumple sus funciones, comienza a emerger una ética común: una forma de justicia relacional que ya no depende del castigo, sino de la conciencia y necesidad de aprender y vivir buenos vínculos.

El carácter proventivo de la convivencia es, en este sentido, una apuesta por el futuro. Supone confiar en que las personas y los colectivos pueden aprender a generar las condiciones de su propio bienestar, a construir sistemas que no esperen la crisis para transformarse. Ser proventivo es educar la convivencia antes de que afecte indeseadamente, enseñar el respeto antes de que se rompa, cultivar la empatía antes de que se exija.

Ser proventivo es educar la convivencia antes de que afecte indeseadamente

En un tiempo donde la convivencia parece estar reducida a gestionar quejas y aplicar sanciones, pensar la misma convivencia desde una pedagogía de las relaciones es un acto de esperanza práctica. Es afirmar que la educación, entendida como acompañamiento del ser en relación, sigue siendo el camino más poderoso para el bienestar personal y colectivo. Porque convivir no es solo estar juntos: es aprender a sostenernos sin destruirnos, reconocernos sin anularnos, apoyarnos sin ser permisivos, transformarnos sin excluirnos. Y ese aprendizaje —paciente, profundo, relacional— es el verdadero corazón de una pedagogía para sostener y recuperar la sana convivencia.

Referencias:

  • Burton, John W. Conflict: Resolution and Provention. George Mason University / The Macmillan Press, 1990.
  • Cascón Soriano, Paco. Educar en y para el conflicto. Bakeaz, 2001.

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